Las Historias de Abuela Sara

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Las Historias de Abuela Sara

Sara Mendoza viuda de Herrera · 2026

Para mi abuela Sara, la mujer más fuerte y cariñosa que conozco. Gracias por regalarnos tus historias. Te amamos. — Camila

Carta personal

Para Camila

Mi Camila querida, Cuando me dijiste que querías guardar mis historias, yo pensé: "Ay, ¿y a quién le van a interesar las cosas de esta vieja?" Pero después me puse a pensar y entendí que no es solo para ti. Es para Camilo, para Juliana, para Andresito, para los que vengan después. Para que sepan de dónde vienen. Yo ya tengo mis años y la memoria a veces me juega malas pasadas. Pero hay cosas que no se olvidan. El olor del pan de doña Elvira. La risa de tu abuelo. La cara de Camilo cuando vio su camioncito de madera. Esas cosas están aquí adentro, bien guardaditas. Gracias por darme este regalo, mija. Porque eso fue lo que hiciste: me regalaste la oportunidad de volver a vivir todo esto mientras te lo contaba. Y ahora queda escrito, para siempre. Los quiero con todo mi corazón viejo pero fuerte.

Sara Mendoza viuda de Herrera

Capítulo 1

¿Cómo conoció al abuelo?

¿Cómo conoció al abuelo?
Ay mija, eso fue hace un poco de años ya. A ver... yo tendría como diecinueve. Trabajaba en la panadería de doña Elvira, allá en el centro de Bucaramanga, ¿tú la alcanzaste a conocer? No, creo que no. Doña Elvira me enseñó muchas cosas, no solo de pan — ella fue la que me enseñó a hacer el arroz con pollo que yo después hacía todos los domingos. El secreto era echarle cerveza al arroz y no destapar la olla por nada del mundo. Le ponía comino, color, zanahoria rallada, arvejita... todo con el pollo adobado desde la noche anterior. Bueno, el caso es que yo me levantaba a las tres de la mañana todos los días a ayudarle con las mogollas y los pandeyucas. Un trabajo muy duro, pero a mí me gustaba pues, uno salía oliendo a pan y eso como que le alegraba la mañana a uno. Y resulta que un día — un martes me acuerdo porque los martes era cuando más gente llegaba — entró un muchacho que yo nunca había visto. Pidió pandeyucas y un café con leche, lo normal. Yo lo atendí y ya, ni lo miré mucho. Pero volvió al otro día. Y al otro. Y al otro. Siempre lo mismo: pandeyucas y café con leche. Ya como a la semana doña Elvira me dijo bajito: "Sarita, ese muchacho no viene por los pandeyucas." Y yo: "Ay doña Elvira, no moleste." Pero sí, ella tenía razón pues. Se llamaba Luis Alberto. Trabajaba en un tallercito de mecánica ahí cerquita. Un día, así de la nada, me soltó: "Señorita, ¿usted siempre sonríe así o es solo cuando me ve?" Mija, yo me puse rojísima. Le dije que dejara de decir bobadas. Pero por dentro... por dentro me dio como una cosquillita, ¿sí me entiendes? Después ya empezamos a hablar más. Él me esperaba cuando yo salía y caminábamos juntos unas cuadras. Nunca me tocó ni nada, muy respetuoso. Mi mamá se dio cuenta rapidito. "Sara, ese muchacho necesita venir a hablar con su papá," me dijo. Y un domingo, ahí llegó Luis Alberto con un ramito de margaritas. Las manos le temblaban, pobrecito. Mi papá lo sentó en la sala y le preguntó de todo — que dónde trabajaba, que quién era la familia, que cuánto ganaba. Luis le contestó todo derechito, mirándolo a los ojos, sin agachar la cabeza. Nos casamos al año siguiente. En la iglesia de San Laureano. Llovió toda la mañana, yo pensé que se iba a dañar todo, pero justo cuando salimos de la iglesia salió el sol. Mi mamá decía que eso era señal de buena suerte. Y pues sí tuvo razón, mija. Duramos cuarenta y ocho años juntos. Con las buenas y con las malas, pero juntos. Y si me dijeran que los puedo volver a vivir, yo diría que sí sin pensarlo.

¿Y qué fue lo primero que pensó cuando lo vio entrar a la panadería?

Ay, la verdad nada. Yo estaba concentrada amasando y ni lo miré bien. Pero doña Elvira sí se dio cuenta de una, ella era muy pilla para esas cosas. Ya después, cuando él volvió al tercer día, ahí sí yo dije: este muchacho tiene algo. Pero no te creas que fue amor a primera vista ni nada de esas cosas de telenovela. Fue más bien de a poquitos.

Duramos cuarenta y ocho años juntos. Con las buenas y con las malas, pero juntos. Y si me dijeran que los puedo volver a vivir, yo diría que sí sin pensarlo.

Sara Mendoza viuda de Herrera

Capítulo 2

¿Cuál es su recuerdo más feliz?

¿Cuál es su recuerdo más feliz?
Uy, recuerdos bonitos hay muchos, mija. Pero si me toca escoger uno solo... yo creo que la Nochebuena del 78. Sí, esa. Camilo ya tenía como seis añitos. Juliana cuatro. Y Andresito era un bebé todavía, chiquitico. Nosotros vivíamos en un apartamentico allá en Floridablanca. Pequeñito, ¿ah? La cocina y el comedor eran lo mismo. Uno se sentaba a comer y olía lo que se estaba cocinando, todo revuelto. Pero era nuestro. Plata no había mucha. Luis estaba pagando las cosas del taller y yo cosía ropita para las vecinas. Pero bueno, esa noche hicimos la natilla y los buñuelos como Dios manda. Las novenas eran sagradas, mija. Del 16 al 24 de diciembre, lloviera o tronara, toda la familia se reunía. Cada noche en una casa diferente — donde los tíos, donde los primos, donde los abuelos. Se rezaba la novena, se cantaban villancicos, los niños con panderetas y maracas armando bulla. Y al final, buñuelos y natilla. Yo era la encargada de la natilla, tradición que me dejó mi abuela materna. Yo armé el pesebre con unas figuritas de barro que me había dado la mamá de Luis. Estaban medio chuecos — el burro parecía un perro, ¿sí te digo? — pero a los niños les encantaban. Después de rezar la novena, Luis sacó una grabadora vieja — de esas de casete, ¿tú has visto una? — y puso villancicos. Camilo se subió a una silla y empezó a bailar. Juliana le copiaba los pasos pero se caía y se volvía a parar. Y Andresito nos miraba desde la cuna con esos ojotes, sin llorar ni nada, como disfrutando. Y en eso Luis me cogió de la mano y me dijo bajito: "Gorda, mira lo que hicimos." Así nomás. Y yo miré. Los tres peladitos ahí, sanos, contentos. El arbolito de Navidad que se nos torcía pa' un lado. El apartamentico chiquito. Y pensé: esto es. Esto es ser feliz. Así de sencillo. No necesitaba nada más, mija. A la mañana siguiente los niños encontraron los regalitos debajo del arbolito. Yo llevaba tres meses ahorrando a escondidas. Para Camilo un camioncito de madera, para Juliana una muñequita, y para Andrés un sonajero. La cara que puso Camilo cuando vio ese camión... eso no se me olvida nunca. Me abrazó tan duro que por poquito me tumba. Tenía seis años y me abrazó como si fuera lo más grande del mundo. Y para mí lo era.

¿Qué pasó con el camioncito de madera de Camilo? ¿Todavía existe?

¡Sí señora! Ese camión todavía está en una cajita que yo guardo en el clóset. Está todo pelado, sin pintura, le falta una llanta. Pero Camilo no me dejó botarlo nunca. Cuando él se casó y se fue de la casa, me dijo: 'Mamá, guárdeme el camión.' Y ahí está. A veces lo saco y lo miro y me acuerdo de esa mañana de Navidad.

Y pensé: esto es. Esto es ser feliz. Así de sencillo. No necesitaba nada más, mija.

Sara Mendoza viuda de Herrera

Capítulo 3

¿Qué consejo le daría a sus nietos?

¿Qué consejo le daría a sus nietos?
Consejo... ay, mija, es que uno a esta edad ya habla mucho. Pero bueno, si mis nietos me están oyendo, les voy a decir una cosa que ojalá les quede sonando. Llamen. Llamen hoy. No mañana, no el domingo, no "cuando tenga tiempo." Hoy. Porque la vida se voltea cuando uno menos se lo espera. A mí me pasó. Luis Alberto se acostó un martes como cualquier otro. "Buenas noches, gorda," me dijo. Normal. Y al otro día no se despertó. Así nomás. Sin avisar, sin dar chance de nada. Y yo me quedé con un montón de cosas que le iba a decir "después." Después que nunca llegó. Entonces llamen. Digan lo que tengan que decir. Porque el después no existe, mija. Es mentira. Lo otro que les digo es que no les dé pena el trabajo. Yo lavé ropa ajena. Cosí vestidos por encargo. Vendí empanadas en la puerta de la casa cuando no alcanzaba. Y cuando los peladitos se enfermaban, yo no tenía plata para doctor, pero mi mamá me había enseñado que la yerbabuena curaba todo. Yo tenía una matica en el jardín, y cuando a alguno le dolía la barriga le hacía su agüita: hervía el agua, le echaba las hojitas de yerbabuena, dejaba reposar cinco minuticos y le ponía unas goticas de limón. Caliente, siempre caliente. Y funcionaba, mija, yo le creo a mi mamá porque a mis hijos siempre les funcionó. Una prima que vive en Bogotá me decía: "Sara, véngase para acá que aquí hay más oportunidades." Pero yo no me fui. Mi vida estaba aquí, con mis hijos, con mi gente. Y ninguno de esos trabajos me dio vergüenza. ¿Saben qué sí da vergüenza? La pereza. Y la trampa. Eso sí. Lo demás es ganarse la vida honradamente y eso siempre es digno. Y lo último — y esto es lo que más me importa — sean buena gente. Ser buena gente no es ser bobo, ¿oyeron? Es saber que todo el mundo carga algo. Que la señora del bus a lo mejor tuvo un día horrible. Que el vecino que no saluda está pasando por algo que uno no sabe. Un "buenos días" de verdad, una sonrisa que no sea de plástico, preguntar "¿cómo está?" y quedarse a oír la respuesta. Eso cambia el día de la gente. Y muchas veces le cambia el día a uno también.

Llamen. Llamen hoy. No mañana, no el domingo, no 'cuando tenga tiempo.' Hoy. Porque la vida se voltea cuando uno menos se lo espera.

Sara Mendoza viuda de Herrera

Patrimonio familiar

Recetas y Tradiciones de Sara Mendoza viuda de Herrera

Contenido reconstruido por inteligencia artificial a partir del relato del narrador. Puede estar incompleto.

Perfil de personalidad

Quién es Sara Mendoza viuda de Herrera

Resiliencia inquebrantable

Capacidad de enfrentar las dificultades de la vida con fortaleza y seguir adelante sin perder la dignidad ni la esperanza.

Amor incondicional

Un amor profundo y constante por su familia que se manifiesta en cada decisión y sacrificio a lo largo de su vida.

Valentía emocional

Capacidad de abrirse y compartir los momentos más vulnerables con autenticidad y sin filtros.

Sabiduría generosa

Transforma sus experiencias de vida en consejos prácticos y profundos que comparte con generosidad natural.

Perfil generado por inteligencia artificial a partir de las historias de Sara Mendoza viuda de Herrera.

El legado de Sara Mendoza viuda de Herrera en números

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¿Cómo conoció al abuelo?

502 palabras

Persona más mencionada

Luis Alberto

mencionado en 3 capítulos

Lugar más mencionado

Bucaramanga

presente en 2 historias

Periodo de vida cubierto

19662026

60 años

Audio de ejemplo generado digitalmente. En tu libro, escucharás la voz real de tu ser querido.

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Este libro fue narrado por

SARA MENDOZA VIUDA DE HERRERA

entre el 15 de febrero de 2026 y el 27 de febrero de 2026

Contiene 3 historias contadas con su propia voz. 2 minutos de audio acompañan estas páginas.

Regalado con amor por

Camila

Creado con Molevi.co

Preservando historias de vida desde 2026